Despues de tanto silencio

Después de tanto silencio.

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que sentí verdaderamente la necesidad de sentarme a escribir sobre mí.

No es que hayan dejado de suceder cosas. Quizás sea exactamente lo contrario. Han ocurrido muchas, pero cada vez escribo menos.

Durante mucho tiempo escribir fue una manera de regresar sobre mis propios pasos, de ordenar recuerdos, lugares, personas y épocas de mi vida que de alguna forma necesitaba conservar. Últimamente, sin embargo, me he ido quedando más en casa. Ya no salgo con la frecuencia de antes a los parques naturales, a los bosques, a esos lugares donde podía caminar o montar bici  durante horas y sentir que el mundo era mucho más grande que mis propios problemas.

La salud también ha ocupado una parte importante de mi tiempo y, sobre todo, de mi pensamiento.

He tenido que aprender a prestar una atención que antes no conocía a algo tan elemental como ver. Más que pensar en una recuperación completa, muchas veces la batalla ha consistido sencillamente en impedir que pueda ir a peor. Cuando una parte tan básica de nuestra relación con el mundo comienza a convertirse en motivo de preocupación, uno termina mirando la vida de otra manera, incluso aunque resulte paradójico decirlo así.

Tal vez por eso me he ido encerrando poco a poco, no puedo determinar exactamente cuándo sucedió.

Primero fueron menos salidas. Después menos conversaciones. Luego comencé a distanciarme incluso algunas personas cercanas. Simplemente me he refugiado más en mí. Y el silencio ha ido ocupando su lugar.

La apatía y la soledad han estado más presentes de lo que quisiera reconocer. Hay días en que mi contacto con el mundo exterior resulta mínimo. Y lo curioso es que, al mismo tiempo, nunca había tenido acceso a tanto mundo como ahora.

Porque mientras mi espacio físico se reducía, apareció otra cosa, la IA.

He dedicado una enorme cantidad de tiempo durante estos últimos meses a experimentar con ella, entenderla, construir cosas, probar sistemas, equivocarme, volver a empezar. Servidores, Linux, agentes, automatizaciones, programación, páginas web, herramientas que hasta hace poco observaba desde cierta distancia porque pensaba que pertenecían al territorio de gente mucho más especializada que yo.

Y de pronto comencé a hacerlas. Quizás por eso me he refugiado tanto en la IA.

No solamente por lo que permite hacer, sino por lo que ha significado para mí. Me ha devuelto algo que hacía tiempo no sentía con tanta intensidad: la sensación de atreverme.

De enfrentarme a cosas que antes contemplaba con demasiado respeto, casi como grandes proezas tecnológicas reservadas para otros, y descubrir que podía comenzar a entenderlas, utilizarlas y en algunos casos incluso dominarlas.

A mi edad, eso tiene un significado particular.

Cuando uno se aproxima a los sesenta años, la sociedad parece sugerir de muchas maneras que la etapa de los grandes descubrimientos personales ya pasó. Que ahora corresponde utilizar lo aprendido, administrar lo conseguido y comenzar lentamente a mirar más hacia atrás que hacia adelante.

Yo no estoy demasiado seguro de querer aceptar eso. Quizás por eso me he sumergido con tanta intensidad en esta época extraña que nos ha tocado vivir.

Pero hoy ocurrió algo aparentemente insignificante que movió otra cosa dentro de mí.

Fui a almorzar con Mario, como hacemos habitualmente, de regreso veníamos escuchando música en el carro.

Rush.

En determinado momento Mario dijo:

... de verdad que esa música de Rush no se parece a ninguna.

La frase me hizo sonreír porque exactamente eso había pensado yo muchas veces durante casi cuarenta años.

Le expliqué que el disco que estábamos escuchando era uno de los discos que más habían influido en mi vida.

Hold Your Fire.

Entonces le pregunté algo:

¿Esto te suena realmente a rock? ¿O te parece una música que está tratando de explorar mucho más allá de lo que normalmente pensamos cuando decimos rock?

Mario siguió escuchando.

Y yo también, pero creo que en ese momento ya no estábamos escuchando exactamente la misma cosa. Él escuchaba a Rush, yo estaba escuchando un pasado.

Estaba escuchando otra época de mi.

Estaba escuchando aquellos años en que vivía completamente inmerso en la música, cuando la percusión ocupaba una parte enorme de mi cabeza y podía pasar horas descubriendo pequeños detalles dentro de una canción.

Era 1987. Yo todavía no sabía muchas de las cosas que después ocurrirían en mi vida. No sabía cuánto cambiaría el mundo. No sabía cuánto cambiaría yo.

No sabía cuáles personas permanecerían, cuáles desaparecerían, en qué países terminaría viviendo, cuáles etapas vendrían después ni cuántas veces tendría que comenzar nuevamente.

Simplemente estaba allí, joven; era otra época. Escuchando Hold Your Fire.

Casi cuarenta años después, iba sentado en un automóvil después de almorzar con un amigo y, durante unos minutos, algo extraño ocurrió con el tiempo.

Porque existen canciones que uno recuerda. Y existen otras en las que de alguna manera hemos quedado viviendo.

Cuando vuelven a sonar no nos limitamos a reconocer una melodía. Regresa la habitación donde la escuchábamos. Regresa una ciudad. Regresa la temperatura de una época. Regresan personas que quizás ya no están. Y, sobre todo, regresa la persona que nosotros éramos entonces. Eso fue lo que me sucedió.

Pero esta vez ocurrió algo más. Comencé a prestar atención nuevamente a las letras.

Time Stand Still. Open Secrets. Prime Mover. Mission. Turn the Page.

Canciones que conocía desde hacía décadas comenzaron a decirme cosas distintas.

O quizás siempre dijeron lo mismo y fui yo quien necesitó casi cuarenta años para poder escucharlas de esta manera.

De pronto aquel disco que pertenecía a mi juventud estaba hablando del tiempo, de la distancia entre las personas, de la necesidad de crear, de la relación entre el hombre y las máquinas, de nuestros impulsos más profundos, de la velocidad con la que transcurre la vida y de ese deseo imposible de detenerla, aunque sea durante unos segundos para mirar alrededor.

Y comprendí algo.

Quizás no había vuelto a encontrarme con Hold Your Fire. Quizás Hold Your Fire había vuelto a encontrarme a mí, precisamente ahora, después de tantos meses dentro de casa, después de alejarme cada vez más del mundo exterior, después de refugiarme en máquinas capaces de conversar, crear y razonar conmigo, después de casi un año escribiendo cada vez menos.

El título del disco también comenzó a significar algo diferente. Hold Your Fire.

Conserva el fuego.

Cuando tenía poco más de veinte años, probablemente esas palabras significaban para mí intensidad, curiosidad, energía, futuro, hoy pueden significar otra cosa, quizás conservar el fuego no consista en intentar seguir siendo el hombre que fui.

Quizás consista simplemente en evitar que se apague aquello que todavía me produce curiosidad, las ganas de aprender, las ganas de comprender, las ganas de crear, las ganas de salir nuevamente, algún día hacia el bosque o la montaña.

Las ganas de conversar, las ganas de recordar, y después de tanto silencio, las ganas de volver a escribir.

 

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